Costa da Morte, camino de luz

Los secretos escondidos entre Bergantiños y Finisterre

04-ago-2009 Patricia García Deudero

Salvaje, como un caballo desbocado. Azul, como la tristeza convertida en melancolía por un poeta. Así nace, vive y muere la Costa da Morte.

Existe un lugar en España donde el viajero olvida su nombre al mirarse cara a cara con el viento. Dicen que allí desaparecieron hundidas muchas de las embarcaciones más voluptuosas del último siglo. En ese lugar, aún hoy, la vida cobra otra esencia. Es la Costa da Morte, un rincón que a pesar del gancho turístico en que se está convirtiendo, aún conserva la esencia de las tierras vírgenes.

Apasionada, indecisa, temida y contundente. Azul, verde, anaranjada. Terrible, fiel, valiente. A veces, escondida y misteriosa como los versos que se pierden en los cuadernos de un detective, en los pasos de un tránsfuga, en el eco que retumba en el silencio que rompe un grito desesperado. En otras ocasiones: activa, implicada, milagrosa y enérgica. Así, relativa y contradictoria, se presenta la costa gallega.

Paseo por la costa

Desde Malpica de Bergantiños a Finisterre, la costa se presenta única e indestructible, peligrosa y fiel. En lo que llevamos de año 2009, han muerto en la Costa da Morte cuatro personas: tres extranjeros y una gallega. La costa acecha para después enfrentarse, venciendo siempre, a quien se cree más valiente que ella.

Un buzo francés, un peregrino polaco, un obrero portugués y una joven gallega fueron las últimas víctimas de un lugar que se ensaña con quien no es capaz de captar el peligro y, ya sea como turista o como marinero, como buceador, como nativo, como aficionado o como experto, se adentra en ese mar embravecido sin poner de antemano su miedo y olvidando la imprescindible dosis de humildad necesaria. Además de los fallecidos, un vecino de la zona lleva más de un mes desaparecido. La primera respuesta de la costa es, por lo tanto, tan hermosa y dulce como agresiva y terrorífica.

Y es que la muerte es algo pegado al mar desde los tiempos más antiguos, reflejo exacto de su denominación y de su grandiosidad. Muchos de los rincones que se convierten en referencia obligada para el viajero representan un pasado, el recuerdo aún activo que se manifiesta con la forma del nombre de los navíos que se hundieron en el mar. El ayer aún deja huella en forma de suspiro. Es el caso del cementerio de los ingleses, muy cerca del cabo Vilano.

Donde las vistas impresionan

La posibilidad de mirar el azul intenso de ese mar desde las alturas, de ver desde esa perspectiva el más puro de los atardeceres, compensa la sensación vertiginosa de atravesar los caminos de arena que bordean la costa. El que dicen que es el cabo más espectacular de Galicia provoca en el viajero la sensación indescriptible que sólo dejan las grandes maravillas medioambientales, las cuales, por un momento, hacen olvidar el hacha destructiva del hombre.

Bajando por la costa, las playas de Muxía son el lugar perfecto para la relajación, para rozar la serenidad después de la emoción, la calma después del éxtasis, el rocío tras la lluvia. Es la hora del baño que adentra el cuerpo en las aguas cristalinas.

Rozando el mar

Y como la vida, el camino continúa. Aún más hacia el sur, el cabo Touriñán regala la realidad de estar situado en el extremo más occidental de España. Entonces, no hay más remedio que sentirse empequeñecido ante el mundo inmenso. El brillo no es más que egoísmo desmesurado. Las ausencias son peso perdido para no lastrar las alas, y poder volar.

Y así, entre dudas y locura, al ritmo de vendavales, gaitas y cultura celta, el viajero llega al popular cabo de Finisterre. El recuerdo de una marea negra que acabó con la vida de peces y aves. Lágrimas de fuel que para el turista no son más que el recuerdo de un espectáculo mediático, pero que para el nativo aún conserva la sangre de la espada clavada en el corazón dejando heridas de muerte.

Este impresionante rincón de Galicia nunca podrá pertenecerle a ningún errante vagabundo que se acerque hasta allí. Representa la vida que le fue arrebatada a muchos navegantes. La astucia y la ambigüedad, señal de identidad de los gallegos. Es el camino hacia la luz que aún hoy siguen emprendiendo muchos peregrinos. La Costa da Morte fue, es y, esperemos siga siendo siempre, un lugar impresionantemente mágico que nunca deja de sorprender.

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Cabo Vilano, Sí Cabo Vilano
Costa da Morte, Sí Costa da Morte
 
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